Vivimos rodeados de notificaciones, opiniones ajenas y el eco de nuestras propias preocupaciones. En medio de tanto estruendo, es fácil perder el rumbo y sentir que caminamos por inercia. Sin embargo, existe una voz que no grita, sino que susurra al corazón: la Palabra de Dios.
Escuchar la Palabra no es simplemente leer un texto antiguo; es abrir una ventana para que entre la luz en una habitación oscura. Es el mapa que te indica dónde estás cuando te sientes perdido y el bálsamo que calma la ansiedad cuando el futuro parece incierto.
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